• Vicent

El diagnóstico (V. Santonja)




A mediados de 2007 en un hospital de València.


Tras una minuciosa exploración del movimiento de mis dedos, el doctor me hizo recorrer varias veces la diagonal del diminuto despacho en el que nos encontrábamos. Después, me bombardeó con una larga serie de preguntas sobre mi estado físico y mental. Tras estudiar los resultados, concluyó que había signos de parkinsonismo. Me quedé perplejo pero me aferraba a la idea de que podía haberse precipitado en su valoración. Al fin y al cabo, este neurólogo no era especialista en trastornos del movimiento. Para descartar otras posibilidades, el doctor solicitó unas imágenes de mi cerebro y me dio una cita para un colega suyo, este sí, experto en párkinson. Yo no albergaba, o mejor, no quería albergar ninguna duda de que el nuevo doctor desmentiría este diagnóstico.


Unas semanas más tarde acudí a la consulta del nuevo neurólogo para revisar las imágenes y recabar su opinión. Al entrar en la consulta observé que rodeando al doctor, había tres jóvenes con batas blancas que seguían con interés cada uno de mis gestos. Aunque no me fueron presentados, deduje que se trataba de estudiantes de medicina en prácticas. El neurólogo hacía alarde de su autoridad académica mientras me ordenaba que repitiera movimientos similares a los de la primera visita. Su actitud era la propia de un domador de leones que orgulloso hace levantar la pata a la fiera y una vez conseguido, se complace de los aplausos del público.

– ¡Ale hop! — Decía.

Y yo movía los dedos según él me proponía. Pero esta vez hacía enormes esfuerzos para que el movimiento fuese perfecto, intentando sin éxito ocultar cualquier atisbo de temblor o rigidez. Pensaba que así conseguiría poner de manifiesto el error cometido.

– ¡Ale hop! — Gritaba satisfecho.

Y yo caminaba por una las diagonales de la consulta forzando un braceo del brazo izquierdo que ya hacía meses había desaparecido.

– ¡Ale hop! — Decía de nuevo,

Y siguiendo sus indicaciones, martilleaba el suelo con los zapatos ocultando en lo posible mi permanente calambre en el pie izquierdo.

A continuación, pidió a los estudiantes que movieran mis brazos, extendiendo y flexionando repetidamente la articulación del codo, al tiempo que les instaba a que notasen la “rigidez en diente de sierra”. El neurólogo continuó con su alocución, dirigiéndose a ellos como si yo no estuviera presente y les describía los síntomas que acababan de observar. Usaba palabras que yo no había oído jamás como bradicinesia, hipomimia o discinesia. De cuando en cuando, el doctor me pedía que realizara determinado movimiento que pusiera imágenes al concepto que trataba de demostrar. Los alumnos, complacidos, asentían con la cabeza.


Cuando terminó el repaso de mis diversas torpezas, el neurólogo pidió a los estudiantes que emitieran su veredicto. Los tres jóvenes que me habían estado observando atentamente, retiraron con brusquedad sus mirada de mí. Todos ellos parecían tener un diagnóstico pero nadie quería ser el primero en expresarlo. Ante el silencio que se instaló en la salita, el neurólogo facilitó la tarea de los estudiantes

– ¿Alguien tiene un diagnóstico? — Preguntó.

Se produjo de nuevo un incómodo silencio.

– No os preocupéis . El paciente ya sabe lo que tiene.

Una densa niebla empezó a extenderse por mi cabeza.

El chico que tenía un aspecto más aniñado se lanzó:

– Tiene síntomas de párkinson.

– Efectivamente, párkinson – Remató el neurólogo y las resonancias magnéticas descartan otras posibilidades.

La niebla se hizo mucho más densa.


La confirmación de la enfermedad me produjo una gran desorientación: “¿por qué a mi? ¿esto va ir rápido? ¿me voy a morir pronto? ¿voy a sufrir?”

Dado el estado de shock en el que me encontraba, no fui capaz de planteárselas al neurólogo en esa ocasión. Nos íbamos a ver con frecuencia en el futuro, así que habría tiempo para hablar de todas estas preocupaciones.

No recuerdo cómo reaccioné en la consulta. Supongo que con la forzada sonrisa que tengo guardada para las ocasiones que no sé cómo reaccionar. A la salida del hospital, le dije a mi mujer:

– Creo que me voy a deprimir.


Pero, no. Afortunadamente, nunca llegué a tener ese problema, ni padecí ningún sufrimiento insoportable. Tampoco fallecí, como es notorio. Continué vivo y activo en mi trabajo durante siete años más. El apoyo de mi mujer fue vital en estos años y sigue siéndolo en la actualidad. El apoyo de toda la familia también ha sido un factor importante en mi forma de llevar el párkinson. Pero ese apoyo del resto de la familia llegó más tarde ya que no les di ocasión de que participaran de mi duelo. Decidí no hacer público el diagnóstico hasta muchos años después.


En 2011 me uní a la Asociación Párkinson Valencia, a la que me acerqué para intentar contratar los servicios de su fisioterapeuta a quien sin conocer suponía especializado en párkinson. Acabé asociándome. Por motivos largos de explicar un pequeño grupo, entre los que me encontraba decidió formar la Asociación Juntos Contra el Párkinson, Durante todos estos años hice un descubrimiento que supuso un cambio radical en mi vida. Un cambio casi tan grande como el del diagnóstico pero de sentido contrario. Un cambio basado en la amistad, la complicidad y la búsqueda de la felicidad. Pero todo esto será material para otra ocasión.

32 visualizaciones0 comentarios